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Cantos de sirena de un mundo cercano IV (Fin)





Su voz tintineaba, era metálica: Es un arpa mágica. El guerrero dio la vuelta al caldero de bronce y tras sentarse en él comenzó a tocar el instrumento, mientras cantaba. Era un Nostoi, un canto de tristeza dedicado a rememorar a los héroes de una guerra.

Tan triste y tan emotivamente bella, tanto sentimiento le puso el buen Dagda que al acabar y acercarse a contemplar el magnífico instrumento que había fabricado, observó unas letras grabadas que no recordaba haber cincelado. Se leía en el arpa: “Si con tu vida acarreas pena, tócame y concurriré con el fin de su condena”. Dagda, perplejo no salía de su asombro.

- “Ten cuidado”-, susurraba el árbol, puedes ocasionar la muerte de quien te escuche si sigues tocando algo tan triste…

Dagda hizo caso omiso y continuó con su música, ésta vez se acordó de su hija, lo que más quería, recordaba cuando la tuvo en brazos por primera vez, su sonrisa, su rostro tan lleno de vida, deslizó los dedos entre las cuerdas con suma alegría y como la vez anterior interpretó e interpretó magníficamente su arpa, tanto que ahora se leía: “Con gusto y delicadeza me has de tocar y la vida de tus canciones haré soplar”. El árbol comenzó a susurrar de nuevo. El inmortal lo miró y le dijo: si, ya sé que debo andarme con cuidado, puedo crear vida a través de ella...

Al arbusto no le dio tiempo a contestar antes de que la barcaza comenzara a tambalearse y a acelerar su velocidad provocando una sacudida y una aceleración inconcebible. !Que ocurre ahora! El abedul contestó: -“A mi no me mires yo nuca había salido al espacio-.- Muy gracioso, como si yo lo hubiese hecho antes”-.

La nave incrementó tan violentamente su movimiento que derribó a Dagda provocando su caída. El guerrero se apoyó en el instrumento de cuerda y se incorporó, al conseguirlo leyó en ella “Nuestro fin está cercano, un holocausto agujero negro nos ha encantado”. El inmortal sonrió como si poco le importara y comenzó a tocar con una viveza y con una felicidad de la que salieron las melodías más hermosas escuchadas antes. Mientras tanto las pupilas de Dagda brillaban más y más, por la emoción que sentía al escuchar tan delicioso canto, hasta emitir una luz tan grandiosa que se observaba a leguas de distancia e iba creciendo y creciendo hasta ser absorbida, junto con la barcaza por el encanto del agujero negro.

“- Eso que has contado son tonterías, dijo una sirena -. - No le hagáis caso le respondió otra -.- Sigue contándonos ¿Qué pasó con el agujero negro, destruyó la barcaza y a sus tripulantes? -.- En cierta medida si-.” Respondió la narradora. La sirena díscola se alejó hacia las profundidades buscando los escasos rayos de luz que procedían del fondo del mar.
“-¿Cómo?-”. Preguntó una de las cuatro jóvenes sirenas que aún seguían expectantes escuchando la historia.

“-El agujero negro absorbió a la nave y engulló a nuestro protagonista sin remedio, pero veréis que pasó a continuación, para eso necesito que cerréis los ojos.-”
Todas cerraron los ojos. “-Podéis abrirlos. ¿Qué veis?-.” “- Algas -”. Dijo una.
“- Las algas y las plantas son los restos del árbol que salvó Dagda. El océano brotó de la planta como agua salió del dedo de Dagda para que pudiera beber en su viaje. ¿El cielo? Lo que quedó de la membrana protectora de la barcaza. ¿Las rocas? Son parte del arpa ¿Y nosotras, las sirenas? Somos una de aquellas canciones tan hermosas que compuso antes de morir. ¿Y la luz y calor del fondo del mar? Es la luz y la emoción de la pupila del inmortal en su tramo final.-”

“- Mirad ya salen rayos de los fondos abisales. !Vayamos abajo¡ !Sí¡ -”.

Las sirenas se deslizaron hacia el interior dejando una quietud en la eterna noche de un mundo que a veces iluminaba su luna por el reflejo de una luz grandiosa que procedía del fondo del mar.

Fin

Chema García Sáez
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Cantos de sirena de un mundo cercano III (Penúltima Parte)




Cantos de sirena de un mundo cercano III
(Penúltima parte)








Su hogar había sido invadido, la magia y las armas habían evitado lo inexorable por largo tiempo, pero no fue suficiente. Los recuerdos iban y volvían y su estado de consciencia le depositó en la barca de nuevo.
Probó a mirar hacia atrás por si alguien había conseguido seguirle, y con mucha suerte divisar algún compañero que no sólo se hubiese salvado sino también le hubiese seguido. Con el transcurrir de las horas la incomprensión fue dejando paso a una incertidumbre mucho más cercana.
- ¿Cómo se encontrarían los que se quedaron atrás? ¿Seré el único superviviente? ¿Se salvaría algún inmortal más? -
- ¿Inmortal? ¡Ja! –
Aquella palabra ya no tenía sentido. Su longevidad, comparada con la de los humanos era extraordinaria, pero la muerte les aguardaba cómo a todos los seres dotados de vida, y si era violentamente, la diferencia desaparecía en un abrir y cerrar de ojos.
- ¿Qué habrá sido de los Tuatha que permanecieron con vida? -
Esa pregunta rondaba una y otra vez por su mente. Se incorporó y tras deambular por la cubierta, se acurrucó sobre las tablas del suelo, tapándose con su propia capa. Necesitaba descansar, echarse a dormir y evadirse por completo en aquellos momentos. Le embargaba un estado de ánimo que no le permitía generar el sueño ni permanecer despierto, mientras el escudo magnético, aquella minúscula perla que esputó, le permitía respirar pero debilitaba sus fuerzas obligándole a reposar.
No tenía forma de saber cuanto tiempo había transcurrido desde que comenzó su increíble viaje, ni tampoco, cuando cayó rendido. Lo cierto es que se sumergió en un profundo y apacible sueño, dominado por la calma, un merecido descanso tras largos días de duras batallas y otro tanto de singular travesía.
* * *
Sintió un profundo impacto a la altura de sus costillas, provocándole un recio despertar. Se llevó una mano a la zona dolorida, buscando alguna herida desde la que manara sangre. Se levantó y observó desconcertado cómo en su zona lumbar no había restos de lesión alguna. Alzó la mirada en derredor suyo y estupefacto contemplaba un fragmento rocoso de color azabache sobre la cubierta, aun con humo saliendo de su superficie. El enorme canto había atravesado su membrana de partículas diminutas, provocando una reacción dolorosa en su cuerpo y había ido a parar a un caldero de bronce derramando el único líquido acuoso que quedaba a bordo.
- Si estuviera aquí Goibniu, El herrero -.- Haría de esta piedra negra un arma mortal para luchar con...-
Detuvo sus palabras, la guerra había terminado. Ya no tenía sentido. Una detrás de otra las lágrimas se agolpaban para recorrer su mejilla. Los sollozos aumentaban mientras sus manos mesaban sus cabellos.
Cuando ya no había más llanto con el que desahogarse, se tranquilizó. Respiró hondo. Su mano izquierda secó sus lágrimas.
- !Si al menos tuviese mi arpa! -.- Un momento, a no ser que... -
Un brillo emocionado destellaba en sus pupilas. La capa blanca con un Lienisad púrpura se agitaba con su movimiento provocando el aparente vuelo del dragón violáceo, otorgándole vida. Al fin llegó a su morral de cuero. Extrajo algunas herramientas y empezó a dar forma al negro metal. No le haría volver, pero le mantendría ocupado. Las lágrimas iban y volvían al son de los recuerdos pero se propuso no parar, por muy apenado que se encontrara.
Cuando la sed se apoderaba de él, con fuerza alzaba sus manos y tras murmurar una fórmula mágica se dirigía a un misterioso abedul de pequeñas dimensiones, la única maceta que había conseguido salvar del puerto de agua dulce, antes de embarcarse a su obligado destierro.
Lo tocó y se lo llevó a su boca logrando beber con avidez, como si su dedo fuese un caño de una fuente. Tras el descanso, continuó trabajando sin desdén. La concentración era absoluta, sus manos se movían con aspavientos perfectamente definidos, se trataba de una hermosa coreografía.
Hasta que se detuvo. Se arrimó al árbol y de la maceta arrancó un largo y delgado cordón de plata que decoraba la maceta. Los brotes de las hojas del pubescente abedul comenzaron a moverse como entre susurros.
El buen Dagda ensimismado en sus propios pensamientos no le prestó atención mientras acariciaba su barba tratando de convertir el alargado cordón de plata en las cuerdas de esa nueva arpa recién elaborada.
Secó el sudor de su frente y mordiendo levemente su lengua exclamó: Te llamaré Aistanag que significa “Despojos de la guerra”. Cogió el cincel y se dispuso a grabar su nombre. Lo intentó, primero suavemente, después con fuerza y tras repetidas ocasiones no consiguió que se leyera lo que pretendía.
Frunció el entrecejo, se alejó de ella. Recorrió la cubierta de proa a popa sin lograr entender nada. Posteriormente se acercó y al observar el lugar donde debería leerse Aistanag apareció:
- “Saludos Dagda”-.- ¿Cómo es posible? -. Pensó él.
Con los dedos índices de ambos puños cerrados se frotó los ojos, para aclararse la mirada y comprobar si se trataba de una mala jugada de su imaginación. Ahora la palabra Aistanag se leía con claridad.
Una risa hilarante salió de su garganta. Lo acontecido le había jugado una mala pasada, o al menos eso pensó él.
En esos momentos los ademanes que perpetraba el árbol eran demasiado estrepitosos cómo para no percibirlos, cuando del mismo salió un susurro que aumentaba de intensidad.
- Saludos, Dagda -.
Una voz metálica, tintineante procedía del Abedul.
- ¿Quién eres? -. Increpó nuestro protagonista.
El silencio fue la respuesta. La planta yacía callada, sin movimiento alguno. Sin inmutarse el Tuatha dio la vuelta al caldero de bronce, donde había caído el extraño objeto que ahora era una hermosa arpa, y tras sentarse comenzó a afinar el instrumento.

(Continuará…)

Chema García Sáez

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Canto de sirenas de un mundo cercano II





La embarcación miró hacia el horizonte, como si tuviera puesta la vista fija en un punto, como el bóvido bravo que rasca con sus patas la tierra antes de realizar la acometida. Entre ligeras vibraciones de todos y cada uno de sus puntos, la barcaza comenzó a emerger de las aguas, de los rumores del viento, a desafiar a una naturaleza aparentemente imposible de ir en su contra.
Tras pronunciar su hechizo y con aquellos hombres a punto de darle alcance en el embarcadero, la popa se encabritó, como enfadándose con el mundo, flotando en el aire y manteniéndose a escasos centímetros de la superficie del lago.
Dagda salió de su ensimismamiento de golpe al escuchar el silbido de algunos proyectiles arrojados contra su persona. Las aguas se rompieron por el sonido de algunos humanos que se lanzaron y ya nadaban con la intención inquietante de impedir tan sorprendente e inesperado viaje, cuando el más ágil de ellos estaba a punto de asir la popa para introducirse en el esquife, éste aumentó las vibraciones hasta tal punto que Dagda tuvo que apretar los dientes y sujetarse con fuerza a lo que más a mano tuvo.
De pronto se sintió constreñido, le costaba hasta respirar, y de forma natural intentó toser para que sus alveolos pudieran conseguir un poco de oxígeno puro que llevar a sus células, y por fin lo consiguió. Al hacerlo expelió una pequeña burbuja, similar a una perla pero que alimentada por el contacto con el exterior o quien sabe por qué, la cuestión es que crecía y crecía hasta ocupar toda la barcaza, incluyéndolo a él. Lo más curioso de la nueva situación era que al inspirar aire en sus pulmones había una extraña conexión con la perla de paredes transparentes que ya envolvía la barca como una crisálida envuelve a una oruga antes de su metamorfosis.
Un sonido ensordecedor lo inundaba todo, gritos de personas luchando por sobrevivir, por defender a sus seres queridos, el crepitar del fuego en aquellas casas con sus techos paja, las órdenes de los invasores, para evitar que nadie se escapara y entre medias, allí se encontraba Dagda entre vibraciones, sonidos exteriores y crujidos de la propia madera, el bote arrastrado por una fuerza descomunal e imprevista salió expelido con suma velocidad, tal que obnubilado por el acontecer perdió el sentido.
Horas después se despertó sintiendo que todo había sido una pesadilla, sus manos inconscientemente tapaban sus ojos. No quería abrirlos por miedo a que fuese real, todo fue tan innegable, ten inesperado. Tras tranquilizarse entornó los párpados, había surcado los cielos y “más veloz que el viento…” había atravesado innumerables capas invisibles pero de cambios térmicos enormes. Al final y con innumerables sacudidas había alcanzado un lugar misterioso, oscuro, frío pero de una belleza incalculable. El tránsito era una tranquila noche y la barcaza continuaba con su periplo, rumbo fijo hacia lo desconocido, con lejanas y brillantes galaxias y estrellas.
Después de la euforia inicial por tanta adrenalina acumulada, y el sobrecogimiento al comprobar que aún existía y se encontraba sin un rasguño, escudriñó cuanto se encontró a su alrededor, entre semejante hazaña tan reciente y el maravilloso plantel de estrellas como paisaje, su entreabierta boca era incapaz de cerrarse. Se encontraba en un lugar que nunca soñó y respiraba un poco pesadamente desde que la perla ahora apenas perceptible, por su transparencia, se había hecho con la nave. Dagda era consciente de una nueva e insólita situación por afrontar.
Dejaba atrás amigos, seres queridos y duras batallas generadas por una breve pero interminable guerra. Su gesto sereno, proporcionado por una mandíbula fuertemente marcada, unos prominentes pómulos y un recio titilar en sus ojos enmascaraba el carácter de un afable y bondadoso Dagda de otrora, tiempo atrás.
Amante de la paz, sólo aquellas circunstancias desesperadas, sacaron a la luz a un audaz superviviente, que nada pudo hacer para evitar la destrucción de su aldea. En el macilento transcurrir de su inmortal vida, jamás pudo imaginar su actual destino. No podía volver atrás, un destierro improvisado le alejaba de su pueblo y del mundo que le vio nacer.
La rabia le comenzó a invadir y tras largas horas, a corroer. En el interior de su mente sólo existía un único compañero para compartir la alegría de haber sobrevivido, la nostalgia de quien sabe que sus recuerdos son lo que ha quedado de su forma de vida y todo lo aprendido hasta ahora. Y ese no era otro que la inexorable soledad.
Un escudo invisible de diminutas partículas tenuemente resplandecientes lo envolvía todo. Era difícil de atravesar sin que Dagda no lo apreciara en su propia piel. Una membrana tan fina que le permitía observar el magnífico escenario en el que flotan los planetas y se enfadan las estrellas rugiendo con tormentosas manchas solares, con el ir y venir de una luz. Una luz hermosa, pero él, prefería el espectro luminoso reflejado en el lago de su infancia, visto desde la orilla de su aldea.
La guerra, la maldita guerra, había finalizado y su pueblo, derrotado por el camino de las armas sólo podía enorgullecerse de su carácter. De la fuerza del espíritu, algo que sus enemigos nunca podrían medrar.
Su tierra había sido invadida y ni la magia, ni la sabiduría milenaria, ni los escasos ejércitos pudieron contener por más tiempo ese despiadado ataque de los pueblos mortales.
- ¿Quienes son los pueblos mortales? -.- Ssssssh, silencio -.- Sigue, por favor -.
- Bien, continuo… -.
Los humanos cuando tomaron contacto con los Tuatha, el pueblo de Dagda, enmascararon sus verdaderas intenciones repletas de infamia y de malas artes, un no respetar las reglas del juego que durante tantas lunas su gente se había encargado de fomentar.
Los mortales, eran una increíble y numerosa raza. Tantos hombres, incomprensiblemente, se habían dejado arrastrar por unos pocos dementes que los habían lanzado en masa a tratar de extinguir un pueblo por el mero miedo a lo diferente, a lo desconocido.
En vez de acercarse a contemplar y aprender de aquella maravillosa e inusual cultura para su propio beneficio, decidieron por soberbia aniquilarla para que no les hiciera sombra en su magnífica expansión.
Una colonización basada en el prestigio social, en el desarrollo tecnológico encaminado a una mejora bélica, y en el sometimiento de los que se encontraran a su paso. Para demostrar quien podía más, para ello obviaban las emociones y valoraban la competencia como una auténtica virtud a elogiar entre los suyos.
Una supervivencia llevada al extremo que desaparecería cuando ya no tuviesen a quien enfrentarse u otros más violentos y eficaces que ellos conseguirían su capitulación y posterior remate.
Los humanos lograron dar con su punto débil, la bondad, el amor, la ingenuidad de la solidaridad y ese gusto por percibir al resto de los seres vivos y en especial a los dotados de alma cómo seres que deben convivir en paz y armonía.
Con tretas y viles argucias lograron engañar a muchos Tuatha y poner a unos en el punto de mira de los otros. Cuando los inmortales no conocían la envidia, la mentira y se aprovecharon hasta conseguir una intestina guerra civil, en la que únicamente aparecieron para dar el golpe de gracia.
Algunos llevarían marcado el hierro de las lanzas de los Tuatha Dé Danann. Cuando ya no había remedio, cuando comenzó una auténtica matanza sin compasión de su pueblo, de su gente y de sus seres queridos.

(Continuará…)


Chema García Sáez


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Canto de sirenas de un mundo cercano I





Canto de sirenas de un mundo cercano
I
Destellos de brillo tenue envolvían a una barcaza creando una atmósfera respirable en su interior. Susurraban un halo mágico producto de un encantamiento que había dispuesto a un pequeño esquife surcar, primero las aguas, después los cielos y embravecida por una huida épica salir hacia el espacio exterior.
La embarcación se deslizaba entre invisibles corrientes magnéticas. Con un rumbo hacia lo inexplorado. El polvo cósmico se difuminaba ligeramente en lo absoluto del vacío, mientras el bote sideral avanzaba veloz e inexorablemente, alejándose de un pequeño planeta. La sinapsis de los gases en la estela, tenía un reducto emocional, melancólico, producto del estado de ánimo de Dagda, su capitán y único tripulante.
Dagda nunca hubiese imaginado efectuar aquel milagro. Con un leve movimiento de manos, dejar su mente en albo y apenas declamar exiguas palabras que aprendió en obras milenarias, había conseguido evitar una muerte segura. El primer sorprendido fue él, cuando presenció con incredulidad cómo aquel sortilegio funcionaba, encabritaba al bote y lo convertía en inaccesible para sus perseguidores.
Recordaba cómo hacía un par lunas, había cambiado mucho el comportamiento de sus vecinos. Toda la aldea se vio zarandeada con la llegada de una singular especie de la que ellos conocían por compendios de viajeros, pero que nunca habían alcanzado a vislumbrar.
La desconfianza prendió entre ellos cómo un fuego en un techo de paja. Algunos se alejaron con los humanos recién llegados y otros no volverían a ser los mismos. No estaban al tanto de lo qué relataban aquellos seres más bajitos, pero no albergaba dudas que lo obtenido fuese bueno cuando la desazón y las enemistades progresaban entre los de su pueblo.
Dos fugaces soles después, se encontraban en una guerra contra esos nuevos inquilinos que así mismo se hacían llamar humanos. Y tras una luna entera ya habían batallado lo suficiente cómo para saber que necesitarían de todo su conocimiento para transformar a un pacífico pueblo en improvisados guerreros dispuestos a defender no sólo su aliento, sino también la forma de vida que llevaron sus padres, la que siempre conocieron y con la que de alguna forma veleidosamente fueron felices.
A él, como a sus semejantes, el ataque final los alcanzó por sorpresa. Dagda estaba en el embarcadero, observando unas plantas acuáticas que flotaban y además mostraban hermosas flores blancas que se abrían cómo para recibir con una cordial bienvenida a cualquier caminante que se parase a contemplarlas.
Hacía un par de soles que no asumían noticias de los invasores por lo que cada uno volvió a reposar y a estar ocupado en las tareas propias anteriores a que estallara el conflicto. Parecía que la calma había vuelto, cómo un paréntesis que les recordaba lo que un día fueron, lo que nunca debieron transformar, al contaminar su esencia por aprensiones materiales que les denostaban, por baratas envidias que les traerían caras consecuencias.
Se levantó una suave brisa, como precediendo a una tormenta. Un guardia, a la entrada de la empalizada de madera que rodeaba la aldea salió apresuradamente hacia sus compañeros amordazados que se agitaban sin rumbo fijo por las vendas en los ojos. Los tejados eran encendidos por teas que arrojaban sin piedad hombres ataviados de guerra. Ante el ruido y tumulto producido por los jinetes, los Tuatha salieron sorprendidos a enterarse de lo que estaba ocurriendo.
Fueron cayendo cómo los cereales en la siega. La sangre y el hedor comenzaban a invadirlo todo. Dagda alzó la mirada en derredor suyo y el espectáculo era espeluznante. Muerte y destrucción engullían a su aldea y a sus habitantes con una velocidad pasmosa.
Sin tiempo para reaccionar cogió su bolsa de herramientas, que nunca abandonaba, y se lanzó a la carrera. Asió una planta que se encontraba en una maceta y sin detenerse se introdujo en una barca varada en la orilla del lago.
Mientras desplegó la vela y salió a soltar el cabo, algunos jinetes se fijaron en él y con odio en sus ojos, con espadas empuñadas en sus manos se lanzaron al galope. Dagda fue consciente de que no gozaría de tiempo suficiente para obtener una exitosa fuga. Las calles rebosaban cuerpos en el suelo, de los que hasta hace muy poco podía llamar sus amigos. Y nada era capaz de detener aquello.
Fue esa razón la que le indujo a actuar con singular velocidad. Sólo algo tan ilógico y descabellado como original tendría algún viso de triunfo como para escapar con vida. Y eso fue lo que intentó. Se acordó, de repente, de un hechizo que había visto en un libro muy antiguo para “Ser más veloz que el viento” cuando una vez puesto en práctica… Funcionó.
(Continuará…)


Chema García Sáez


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"El reloj de arena" de Jorge Luis Borges






Está bien que se mida con la dura
 sombra que una columna en el estío
arroja o con el agua de aquel río
en que Heráclito vio nuestra locura.

El tiempo, ya que al tiempo y al destino
se parecen los dos: la imponderable
sombra diurna y el curso irrevocable
del agua que prosigue su camino.

Está bien, pero el tiempo en los desiertos
otra substancia halló, suave y pesada,
que parece haber sido imaginada
para medir el tiempo de los muertos.

Surge así el alegórico instrumento
de los grabados de los diccionarios,
la pieza de los grises anticuarios
relegarán al mundo ceniciento

 del alfil desparejo, de la espada
inerme, del borroso telescopio,
del sándalo mordido por el opio,
del polvo, del azar y de la nada.

¿Quién no se ha demorado ante el severo
y tétrico instrumento que acompaña
en la diestra del dios a la guadaña
y cuyas líneas repitió Durero?

Por el ápice abierto el cono inverso
deja caer la cautelosa arena,
oro gradual que se desprende y llena
el cóncavo cristal de su universo.

Hay un agrado en observar la arcana
arena que resbala y que declina
y, a punto de caer, se arremolina
con una prisa que es del todo humana.

La arena de los ciclos es la misma
e infinita es la historia de la arena;
así, bajo tus dichas o tu pena,
la invulnerable eternidad se abisma.

No se detiene nunca la caída.
Yo me desangro, no el cristal. El rito
de decantar la arena es infinito
y con la arena se nos va la vida.

En los minutos de la arena creo
sentir el tiempo cósmico: la historia
que encierra en sus espejos la memoria
o que ha disuelto el mágico Leteo.

El pilar de humo y el pilar de fuego,
Cartago y Roma y su apretada guerra,
Simón Mago, los siete pies de tierra
que el rey sajón ofrece al rey noruego,

todo lo arrastra y pierde este incansable
hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
de tiempo, que es materia deleznable.