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Canto de sirenas de un mundo cercano II





La embarcación miró hacia el horizonte, como si tuviera puesta la vista fija en un punto, como el bóvido bravo que rasca con sus patas la tierra antes de realizar la acometida. Entre ligeras vibraciones de todos y cada uno de sus puntos, la barcaza comenzó a emerger de las aguas, de los rumores del viento, a desafiar a una naturaleza aparentemente imposible de ir en su contra.
Tras pronunciar su hechizo y con aquellos hombres a punto de darle alcance en el embarcadero, la popa se encabritó, como enfadándose con el mundo, flotando en el aire y manteniéndose a escasos centímetros de la superficie del lago.
Dagda salió de su ensimismamiento de golpe al escuchar el silbido de algunos proyectiles arrojados contra su persona. Las aguas se rompieron por el sonido de algunos humanos que se lanzaron y ya nadaban con la intención inquietante de impedir tan sorprendente e inesperado viaje, cuando el más ágil de ellos estaba a punto de asir la popa para introducirse en el esquife, éste aumentó las vibraciones hasta tal punto que Dagda tuvo que apretar los dientes y sujetarse con fuerza a lo que más a mano tuvo.
De pronto se sintió constreñido, le costaba hasta respirar, y de forma natural intentó toser para que sus alveolos pudieran conseguir un poco de oxígeno puro que llevar a sus células, y por fin lo consiguió. Al hacerlo expelió una pequeña burbuja, similar a una perla pero que alimentada por el contacto con el exterior o quien sabe por qué, la cuestión es que crecía y crecía hasta ocupar toda la barcaza, incluyéndolo a él. Lo más curioso de la nueva situación era que al inspirar aire en sus pulmones había una extraña conexión con la perla de paredes transparentes que ya envolvía la barca como una crisálida envuelve a una oruga antes de su metamorfosis.
Un sonido ensordecedor lo inundaba todo, gritos de personas luchando por sobrevivir, por defender a sus seres queridos, el crepitar del fuego en aquellas casas con sus techos paja, las órdenes de los invasores, para evitar que nadie se escapara y entre medias, allí se encontraba Dagda entre vibraciones, sonidos exteriores y crujidos de la propia madera, el bote arrastrado por una fuerza descomunal e imprevista salió expelido con suma velocidad, tal que obnubilado por el acontecer perdió el sentido.
Horas después se despertó sintiendo que todo había sido una pesadilla, sus manos inconscientemente tapaban sus ojos. No quería abrirlos por miedo a que fuese real, todo fue tan innegable, ten inesperado. Tras tranquilizarse entornó los párpados, había surcado los cielos y “más veloz que el viento…” había atravesado innumerables capas invisibles pero de cambios térmicos enormes. Al final y con innumerables sacudidas había alcanzado un lugar misterioso, oscuro, frío pero de una belleza incalculable. El tránsito era una tranquila noche y la barcaza continuaba con su periplo, rumbo fijo hacia lo desconocido, con lejanas y brillantes galaxias y estrellas.
Después de la euforia inicial por tanta adrenalina acumulada, y el sobrecogimiento al comprobar que aún existía y se encontraba sin un rasguño, escudriñó cuanto se encontró a su alrededor, entre semejante hazaña tan reciente y el maravilloso plantel de estrellas como paisaje, su entreabierta boca era incapaz de cerrarse. Se encontraba en un lugar que nunca soñó y respiraba un poco pesadamente desde que la perla ahora apenas perceptible, por su transparencia, se había hecho con la nave. Dagda era consciente de una nueva e insólita situación por afrontar.
Dejaba atrás amigos, seres queridos y duras batallas generadas por una breve pero interminable guerra. Su gesto sereno, proporcionado por una mandíbula fuertemente marcada, unos prominentes pómulos y un recio titilar en sus ojos enmascaraba el carácter de un afable y bondadoso Dagda de otrora, tiempo atrás.
Amante de la paz, sólo aquellas circunstancias desesperadas, sacaron a la luz a un audaz superviviente, que nada pudo hacer para evitar la destrucción de su aldea. En el macilento transcurrir de su inmortal vida, jamás pudo imaginar su actual destino. No podía volver atrás, un destierro improvisado le alejaba de su pueblo y del mundo que le vio nacer.
La rabia le comenzó a invadir y tras largas horas, a corroer. En el interior de su mente sólo existía un único compañero para compartir la alegría de haber sobrevivido, la nostalgia de quien sabe que sus recuerdos son lo que ha quedado de su forma de vida y todo lo aprendido hasta ahora. Y ese no era otro que la inexorable soledad.
Un escudo invisible de diminutas partículas tenuemente resplandecientes lo envolvía todo. Era difícil de atravesar sin que Dagda no lo apreciara en su propia piel. Una membrana tan fina que le permitía observar el magnífico escenario en el que flotan los planetas y se enfadan las estrellas rugiendo con tormentosas manchas solares, con el ir y venir de una luz. Una luz hermosa, pero él, prefería el espectro luminoso reflejado en el lago de su infancia, visto desde la orilla de su aldea.
La guerra, la maldita guerra, había finalizado y su pueblo, derrotado por el camino de las armas sólo podía enorgullecerse de su carácter. De la fuerza del espíritu, algo que sus enemigos nunca podrían medrar.
Su tierra había sido invadida y ni la magia, ni la sabiduría milenaria, ni los escasos ejércitos pudieron contener por más tiempo ese despiadado ataque de los pueblos mortales.
- ¿Quienes son los pueblos mortales? -.- Ssssssh, silencio -.- Sigue, por favor -.
- Bien, continuo… -.
Los humanos cuando tomaron contacto con los Tuatha, el pueblo de Dagda, enmascararon sus verdaderas intenciones repletas de infamia y de malas artes, un no respetar las reglas del juego que durante tantas lunas su gente se había encargado de fomentar.
Los mortales, eran una increíble y numerosa raza. Tantos hombres, incomprensiblemente, se habían dejado arrastrar por unos pocos dementes que los habían lanzado en masa a tratar de extinguir un pueblo por el mero miedo a lo diferente, a lo desconocido.
En vez de acercarse a contemplar y aprender de aquella maravillosa e inusual cultura para su propio beneficio, decidieron por soberbia aniquilarla para que no les hiciera sombra en su magnífica expansión.
Una colonización basada en el prestigio social, en el desarrollo tecnológico encaminado a una mejora bélica, y en el sometimiento de los que se encontraran a su paso. Para demostrar quien podía más, para ello obviaban las emociones y valoraban la competencia como una auténtica virtud a elogiar entre los suyos.
Una supervivencia llevada al extremo que desaparecería cuando ya no tuviesen a quien enfrentarse u otros más violentos y eficaces que ellos conseguirían su capitulación y posterior remate.
Los humanos lograron dar con su punto débil, la bondad, el amor, la ingenuidad de la solidaridad y ese gusto por percibir al resto de los seres vivos y en especial a los dotados de alma cómo seres que deben convivir en paz y armonía.
Con tretas y viles argucias lograron engañar a muchos Tuatha y poner a unos en el punto de mira de los otros. Cuando los inmortales no conocían la envidia, la mentira y se aprovecharon hasta conseguir una intestina guerra civil, en la que únicamente aparecieron para dar el golpe de gracia.
Algunos llevarían marcado el hierro de las lanzas de los Tuatha Dé Danann. Cuando ya no había remedio, cuando comenzó una auténtica matanza sin compasión de su pueblo, de su gente y de sus seres queridos.

(Continuará…)


Chema García Sáez


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