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Cantos de sirena de un mundo cercano III (Penúltima Parte)




Cantos de sirena de un mundo cercano III
(Penúltima parte)








Su hogar había sido invadido, la magia y las armas habían evitado lo inexorable por largo tiempo, pero no fue suficiente. Los recuerdos iban y volvían y su estado de consciencia le depositó en la barca de nuevo.
Probó a mirar hacia atrás por si alguien había conseguido seguirle, y con mucha suerte divisar algún compañero que no sólo se hubiese salvado sino también le hubiese seguido. Con el transcurrir de las horas la incomprensión fue dejando paso a una incertidumbre mucho más cercana.
- ¿Cómo se encontrarían los que se quedaron atrás? ¿Seré el único superviviente? ¿Se salvaría algún inmortal más? -
- ¿Inmortal? ¡Ja! –
Aquella palabra ya no tenía sentido. Su longevidad, comparada con la de los humanos era extraordinaria, pero la muerte les aguardaba cómo a todos los seres dotados de vida, y si era violentamente, la diferencia desaparecía en un abrir y cerrar de ojos.
- ¿Qué habrá sido de los Tuatha que permanecieron con vida? -
Esa pregunta rondaba una y otra vez por su mente. Se incorporó y tras deambular por la cubierta, se acurrucó sobre las tablas del suelo, tapándose con su propia capa. Necesitaba descansar, echarse a dormir y evadirse por completo en aquellos momentos. Le embargaba un estado de ánimo que no le permitía generar el sueño ni permanecer despierto, mientras el escudo magnético, aquella minúscula perla que esputó, le permitía respirar pero debilitaba sus fuerzas obligándole a reposar.
No tenía forma de saber cuanto tiempo había transcurrido desde que comenzó su increíble viaje, ni tampoco, cuando cayó rendido. Lo cierto es que se sumergió en un profundo y apacible sueño, dominado por la calma, un merecido descanso tras largos días de duras batallas y otro tanto de singular travesía.
* * *
Sintió un profundo impacto a la altura de sus costillas, provocándole un recio despertar. Se llevó una mano a la zona dolorida, buscando alguna herida desde la que manara sangre. Se levantó y observó desconcertado cómo en su zona lumbar no había restos de lesión alguna. Alzó la mirada en derredor suyo y estupefacto contemplaba un fragmento rocoso de color azabache sobre la cubierta, aun con humo saliendo de su superficie. El enorme canto había atravesado su membrana de partículas diminutas, provocando una reacción dolorosa en su cuerpo y había ido a parar a un caldero de bronce derramando el único líquido acuoso que quedaba a bordo.
- Si estuviera aquí Goibniu, El herrero -.- Haría de esta piedra negra un arma mortal para luchar con...-
Detuvo sus palabras, la guerra había terminado. Ya no tenía sentido. Una detrás de otra las lágrimas se agolpaban para recorrer su mejilla. Los sollozos aumentaban mientras sus manos mesaban sus cabellos.
Cuando ya no había más llanto con el que desahogarse, se tranquilizó. Respiró hondo. Su mano izquierda secó sus lágrimas.
- !Si al menos tuviese mi arpa! -.- Un momento, a no ser que... -
Un brillo emocionado destellaba en sus pupilas. La capa blanca con un Lienisad púrpura se agitaba con su movimiento provocando el aparente vuelo del dragón violáceo, otorgándole vida. Al fin llegó a su morral de cuero. Extrajo algunas herramientas y empezó a dar forma al negro metal. No le haría volver, pero le mantendría ocupado. Las lágrimas iban y volvían al son de los recuerdos pero se propuso no parar, por muy apenado que se encontrara.
Cuando la sed se apoderaba de él, con fuerza alzaba sus manos y tras murmurar una fórmula mágica se dirigía a un misterioso abedul de pequeñas dimensiones, la única maceta que había conseguido salvar del puerto de agua dulce, antes de embarcarse a su obligado destierro.
Lo tocó y se lo llevó a su boca logrando beber con avidez, como si su dedo fuese un caño de una fuente. Tras el descanso, continuó trabajando sin desdén. La concentración era absoluta, sus manos se movían con aspavientos perfectamente definidos, se trataba de una hermosa coreografía.
Hasta que se detuvo. Se arrimó al árbol y de la maceta arrancó un largo y delgado cordón de plata que decoraba la maceta. Los brotes de las hojas del pubescente abedul comenzaron a moverse como entre susurros.
El buen Dagda ensimismado en sus propios pensamientos no le prestó atención mientras acariciaba su barba tratando de convertir el alargado cordón de plata en las cuerdas de esa nueva arpa recién elaborada.
Secó el sudor de su frente y mordiendo levemente su lengua exclamó: Te llamaré Aistanag que significa “Despojos de la guerra”. Cogió el cincel y se dispuso a grabar su nombre. Lo intentó, primero suavemente, después con fuerza y tras repetidas ocasiones no consiguió que se leyera lo que pretendía.
Frunció el entrecejo, se alejó de ella. Recorrió la cubierta de proa a popa sin lograr entender nada. Posteriormente se acercó y al observar el lugar donde debería leerse Aistanag apareció:
- “Saludos Dagda”-.- ¿Cómo es posible? -. Pensó él.
Con los dedos índices de ambos puños cerrados se frotó los ojos, para aclararse la mirada y comprobar si se trataba de una mala jugada de su imaginación. Ahora la palabra Aistanag se leía con claridad.
Una risa hilarante salió de su garganta. Lo acontecido le había jugado una mala pasada, o al menos eso pensó él.
En esos momentos los ademanes que perpetraba el árbol eran demasiado estrepitosos cómo para no percibirlos, cuando del mismo salió un susurro que aumentaba de intensidad.
- Saludos, Dagda -.
Una voz metálica, tintineante procedía del Abedul.
- ¿Quién eres? -. Increpó nuestro protagonista.
El silencio fue la respuesta. La planta yacía callada, sin movimiento alguno. Sin inmutarse el Tuatha dio la vuelta al caldero de bronce, donde había caído el extraño objeto que ahora era una hermosa arpa, y tras sentarse comenzó a afinar el instrumento.

(Continuará…)

Chema García Sáez

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